AVENTURAS DE 51 MAGOS Y UN FAQUIR DE CUENCA

Ya era hora de que hiciera esta reseña sobre un libro maravilloso. Se trata de una historia de la magia a través de la propia vida de los magos que la fueron escribiendo.               Ángel Idígoras -si, junto con Pachi, autor de “Pascual, mayordomo real” y taaantas otras cosas…- no sólo se ha devanado los sesos buscando y estudiando la poca bibliografía que existe sobre el tema, sino que ha expuesto las peripecias de los grandes magos de forma amena, acompañándolas de sus fantásticas caricaturas. En realidad creo que primero fueron ellas, las caricaturas, que tuve la fortuna de ver en una exposición hace unos cuantos años en el Congreso Nacional de Málaga. No mucho después salía editado por Páginas éste libro que os recomiendo. En él podréis encontrar a un asombroso mago sin pies ni manos, aventureros, embaucadores, santos, genios de la invención,  precursores del cine, e incluso un faquir que sirve de “punto filipino” a tanto contrapunto que hay entre los artistas de la magia . En definitiva, grandes hombres y mujeres que se dedicaron a crear ilusiones para sembrar de hazañas imposibles nuestra imaginación.                                                                       Se me olvidaba decir que también el libro es mágico porque está preparado para hacer magia con él, y crea una ilusión añadida, pues parte de los beneficios se destinan a Aldeas Infantiles.      Y para muestra un botón, un pedacito escogido casi al azar de entre tanta historia, de un mago que estremeció entre otros muchos al mismísimo Goya

ROBERTSON, El fabricante de fantasmas

robertson-cop2(…) esta historia prosigue en Lieja, donde Ettienne Gaspard Robert, Robertson para los amigos y espectadores, practica con una linterna mágica que se había agenciado con la ayuda de un óptico y un hojalatero.

Añadiendo tuercas y variando lupas convirtió el invento de Kircher en el fantascope, un modelo de linterna mágica retocado a propósito para la aparición de fantasmas.

Con su armatoste a cuestas llegó Robertson a Paris y eligió para sus representaciones un ruinoso y oscuro convento gótico que había pertenecido a los capuchinos, donde era probable que se aparecieran los fantasmas sin necesidad de linterna mágica ni nada. En tan lúgubre escenario instaló el proyeccionista su cámara y en pocos días a Paris se le pusieron los pelos de punta.

Los asistentes a las sesiones de fantasmagoría de Robertson hacían cola en taquilla para vivir en carne propia lo que les contaban sus aterrorizados vecinos: horrendas brujas voladoras, espectros recién llegados del más allá, demonios asquerosos y hasta el maligno espíritu de Robespierre.

Lo más selecto del mundo de los sustos se dejaba ver en uno de los más macabros pasatiempos de la historia. Existe un grabado de la época en el que, ante la visión de una calavera alada y una diablesa contrahecha, un espectador desenvaina su espada, otro se echa al suelo y esconde su cabeza entre sus manos, otro amenaza a los monstruos con un garrote, una dama está al borde del síncope y un enamorado valeroso la protege. Espantoso. (…)

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